UNA CHICA NO MUY AL USO

PECULIARIDAD POR LOS CUATRO COSTADOS
Ya me ha ocurrido tantas veces que no puedo hacer más que escribirlo. Sé que mi aspecto no es el de una chica de hoy en día: delgada, alta, bien peinada y arreglada. No cumplo los cánones y ni siquiera me esfuerzo en ello. Mi dieta se basa en dulces y nicotina. Tampoco me peino mucho. Dejo el pelo a su ser que además es rizado y encrespado. Y vestir, visto con trapos. Sólo un chico inteligente saldría con tal esperpento. Una mezcla entre hippie y salvaje. Y además no trabajo. Todo un regalo. Y para rematar con un niño en un carrito. Pues sí esa soy yo ¿qué le voy a hacer? Y así entro en los establecimientos. Con mi pelo rizado al viento y, a veces, con las alpargatas de andar por casa. Con un corpiño que es un foulard atado al pecho y enseñando la barriguita post-parto. Un toque de descuido del todo improvisado y una dejadez que, supongo, deja mucho que desear. Sobre todo para los dueños de los locales a los que entro que me tratan estupendamente. Como si yo fuera toda una señora.

MALTRATO EN EL CAFE
Pues no, no podrán conmigo. Yo seguiré entrando en cafeterías a escribir mis cosas. Aunque te pongan dosis extras de café capaces de despertar a un muerto. Esas dosis de café tan, tan altas que hasta te producen alergia. ¿O nunca os pasado ir a tomar un café de bar y de repente estornudar? Si no os ha pasado, tranquilos, eso es que estais integrados. Aunque el café esté tan caliente que te deje escocido el paladar. Aunque tenga un ligero saborcillo a escupitajo. Aunque te pongan la taza especial para indigentes y los azucarillos estén manoseados y gastados. Aunque de pronto empiece a sonar una música infernal, de esas que levantan dolor de cabeza. Aunque el camarero te mire de reojillo con cara de susto o desagrado. Y es que crear mala imagen a un local es algo muy serio. Tan serio que hay que hacer mil y una ridiculeces para paliarlo. Pero aún es peor cuando se ponen agresivos. Se apoyan en el carrito con toda su pachorra mientras te dicen que no, que eso que les pides no lo tienen. Y eso en un Vips donde la comida la tienen a mansalva. Pues mira que no me creo yo eso de que no lo tengan. O ponen el aire acondicionado tan alto que hasta en pleno verano te da frío. Todo para espantar a lo inespantable porque creo que yo de espanto ya estoy curada.

No se fíen: Ella es pobre. Todo eso tan rico está contaminado.

ECHARLE UN POCO DE IMAGINACIÓN
Para combatir tales agresiones solapadas sólo basta con echarle un poco de imaginación. Hay que tener mucho cuidado con las tazas especiales para indigentes. Atención, la solución está en: beber por el lado que está frente al asa (por donde no bebe nadie) así se evitara pillar un estupendo herpes labial. Para evitar echar a correr tan veloz como el correcaminos ante la música infernal, concentración mental. Imagina un bonito sauce cuyas ramas son mecidas por la brisa mientras te cantas a tí mismo una canción relajada. Cuando te quieras dar cuenta, si te has concentrado bien, ya sólo escucharas tu voz interior y verás los paisajes que imagines. En tal estado ¿a quién le importa lo que suene u ocurra ahí afuera? Lleva contigo siempre una chaquetita por si de repente el aire acondicionado sube el ritmo de unas maracas agitadas por un histérico. Para la leche demasiado caliente algo muy sencillo: soplar. O pedir de antemano la leche fría por favor con la cabeza bien alta de señora merecedora de un buen trato. Ante el chaparrón improvisado de platos y cucharillas el paraguas del cigarrillo fumado con las piernas cruzadas en cuatro (postura que significa “paso de todo esto”). Seguramente que para cuando hayas acabado de fumar el cacharreo habrá terminado. Contra las miradas de espanto hacerse el loco.

Porque resulta que es al bajar a un café cuando aparecen las frases, esas frases que te dan vida, que te hacen comprender que tu alma aún sigue despierta, las frases que se apropian de tu mente y te impulsan a escribir. A veces inconexas, a veces rebeldes, a veces poéticas pero siempre creativas. Qué fantástico disponer de tal aptitud y que penoso que tal aptitud se vea mermada por el maltrato de los cafés ahuyenta-clientes-distintos. ¿Soy menos merecedora de un trato apacible por mi pinta y mi peculiaridad? Al entrar en un café me siento libre (yo decido cuando entrar, yo decido cuando salir) Sin embargo ellos, con su espectacular repertorio, casi te obligan a tirar la toalla y salir corriendo o a no volver más por a llí. He ahí el motivo de los trucos. ¿Libertad de elección? Sí, gracias.

Anerol.

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