ALCOHOL Y PUNTO DE CRUZ

¿Qué es lo que tanto nos espanta de las personas marginales? ¿Por qué cuidamos tanto de no acercarnos a ellas y las relegamos al olvido más triste? ¿Nos asusta su diferencia? La ignorancia anida en la mediocridad. La ignorancia es fuente de muchos miedos. Al doblar la esquina te toparás con un tipo mediocre, de esos que van requetepeinados y es mejor no mirarles mucho. Al bajar la escalera de tu portal te encontrarás a alguna vecinita temerosa, de esas que sufren tanto por si a sus niñas las viola algún degenerado. La ignorancia y la mediocridad es lo que hay porque es lo que se enseña. Y con la ignorancia y la mediocridad vivimos lo marginal mientras lo marginal sobrevive. Sin embargo no hay más que olisquear un poco en ese ambiente del que todo el mundo parece echar pestes para comprobar que no huele tan mal.

Cómo olvidar a Rosa. ¿Qué quién es tal personaje y que pinta aquí? Muy fácil: Rosa es una de esas personas invisibles para el resto que pude conocer durante el primer año que pasé fuera de casa de mi madre. Cuando al fin decidí que ya estaba bien. Y pintar pinta mucho, por eso mismo, por su invisibilidad... y por más cosas. Por lo entrañable de su carácter y por un terrible patetismo (en ocasiones cómico) mitigado apenas por todo el mundo interior y la poesía que siempre asomaban a sus ojos. Podría decirse que “vivía” en el bar al que solíamos acudir a desayunar. Como de costumbre un café sólo. Y como de costumbre los malos humos de Paco y la complicidad de Miguel (los dos camareros). Nosotros lo llamábamos (mi pareja y yo) el “bar de los polacos” por albergar allí (yo diría a todos pues nunca los veía por otro sitio) a los inmigrantes de tal nacionalidad de Torrejón. Allí siempre eran bien recibidos. Allí tenían un sitio donde emborracharse ya desde horas tempranas. Un sitio donde echar a volar las preocupaciones. Donde descansar de la obra o vaya usted a saber qué. Luego estaban los cuatro ancianos de turno. Hombres muy vividos y ya ociosos. Hombres de vuelta de todo que no se escandalizaban de hallar a personajes como Rosa o como a mi pareja y a mí. Hombres que se metían mucho con la pobre Rosa, que ya digo, siempre pululaba por allí, entre cabelleras de un rubio ceniza, de un rubio tornasolado o del más brillante rubio y entre decrepitud y arrugas de mil y una aventuras.

Entre tal arsenal de individuos a cual más marginal por una u otra condición (condición de viejo, condición de extranjero) destacaba la más marginal de todas: Rosa. Imagínatela. Con su cabello oscuro y despeinado como el agujero más peligroso y más lleno de remolinos. Con su piel tersa y pálida como la carne de una manzana. Con su juventud truncada por permanecer en el margen. Ella que no es vieja ni es extranjera también es marginal. ¿El motivo? Su forma de ser. Nada más y nada menos. Su endiablada forma de ser que la convierte en la pobre más rica. Una endiablada pícara. Lo viejos la invitaban a vodka y licor de manzana, a veces, y todo hay que decirlo, a cambio de sus favores como mujer. Pero esa es la leyenda negra de Rosa. Algo que un día se empezó a rumorear por el bar. Lo importante es que Rosa se las apañó para poder fumar y beber. Paco y Miguel la proveían de bocadillos de chorizo. Ya podía comer. Y, de vez en cuando, caía algún euro extra por parte de los generosos viejos.

No es Rosa, pero se le parece un poco.

Y es que Rosa era como una niña y aquellos ancianos carecían de nietos. Con el euro de turno Rosa aprovechaba para comprarse algún capricho en un “Todo a 100”. Unas veces era una novelita rosa (Arlequín). De esas en las que ellas son siempre jóvenes y bonitas y naturalmente de buena familia. Y ellos también son jóvenes y sanos, delicados con ellas, tiernos y amables. Y no babean, ni lanzan escupitajos al suelo, ni sueltan tacos. Toda una utopía para la pobre-rica Rosa. Daba no se qué verla, absorta en la lectura de tal ejemplar, sentada en su taburete, a la barra del bar, con los ojos que le lloraban (no sé si a causa del humo o de alguna escenita más que romántica de su libro). Y a veces sonreía y otras se asustaba o se quedaba mirando el infinito unos segundos para después volver a su libro. Entre los dedos sostenía un cigarrillo que temblaba, bajo la tenue luz y con el viejo de turno diciendo: “Ya ves, le he dao un euro y mira lo que se ha comprao”. Pero peor fue cuando le dio por comprar un pack de esos de hilos y pañito y tan contenta se puso a hacer punto de cruz, allí mismo, en el bar. Entonces sí que rodaron risas y burlas.

Rosa vivía de una pequeña pensión por una pequeña minusvalía psíquica. Síndrome de la Luna, estoy segura. Y aquella pensión le daba para pagarse una habitación. Donde sólo dormía. Del resto ya se ocupaban sus ancianos caballeros y los buenos de Paco y Miguel. Un día de borrachera le dio por decir: “Dios, es como si tuviera una navaja en la garganta”. Tan sólo se trataba de una metáfora pero rápidamente la tacharon con la dichosa palabrita. Fue la camarera del local. Una sudaca de culo respingón y sonrisa luminosa. Muy animada ella y muy mediocre. La antagonista de Rosa, la verdadera marginal dentro de aquel vagón insólito. La palabra en cuestión, la dichosa palabrita ya se la pueden imaginar. Ni más ni menos que loca.

El segundo ser marginal conocido y digno de mención es Alberto. A este individuo lo conocí hace medio año, estando embarazada. Pero ya se ha dicho bastante sobre él en "A perro flaco... por lo que considero más apropiado guardar mis vivencias a este respecto. Con nombrarle es más que suficiente.

Y es que no hay que irse a habitaciones alquiladas con cucarachas y filipina soberbia ni a ningún bar “de polacos” para ver la marginalidad. Si te fijas la podrás encontrar en cualquier esquina.

Anerol.

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