ERIC CLAPTON: MISA DE ONCE por David Kromosomo.

Clapton, el día 23 en Madrid.

Hacía casi 24 años que Clapton no tocaba en directo en el Foro, mucho tiempo. Durante ese lapso el guitarrista ha buceado en mil estilos que la mayoría de las ocasiones no le han llevado a ninguna parte, algo que no es nada nuevo conociendo que el número de sus genialidades es casi idéntico al de sus meteduras de gamba.

Para resarcir su ausencia nos ha ofrecido dos shows los días 22 y 23 del pasado febrero y fue este último el que voy a intentar desgranarles en nuestro debut. El concierto prometía eclepticismo a raudales, incluso entre el público, compuesto por los hippies de entonces y los enrollaos de ahora (como muestra de estos últimos, el grupo de cuatro o cinco gaditanos que estaban a mi lado y que vinieron expresamente desde allí; un hecho que, por sus continuas chanzas nos querían hacer saber a los demás a toda costa, aunque no tuviéramos interés alguno en saberlo).

Y la cosa comenzó con Eric en solitario: "Key to the Highway" a guitarra acústica y voz, como los grandes. Bueno, como el "grande" que es. No le hizo falta más para calentar a los presentes. Fíjense, el ambiente era tal que aunque hubiera sido un concierto nefasto, a Manolenta le hubieran bastado dos o tres detalles de cara a la galería para ganarse al auditorio. Pero no fue así, se lo aseguro.

El set acústico duró lo justo, cinco temas, incluidos el obligado Tears in Heaven (que mal lo cantó el respetable, que mal...) y una intensa versión de "Bell Bottom Blues", tras lo que Clapton se colgó una de sus muchas -a fe que si, pues llegó a cambiar hasta siete veces de instrumento- Fender para dar un repaso a un par de temas de Pilgrim, ese álbum que supuso su último patinazo musical. Curiosamente, fueron los más aclamados por los chicos de Cádiz que les decía.

Este Clapton hiperactivo, se encontró muy a gusto durante el concierto, estuvo muy hablador para lo que en él es habitual y se pasó las dos horas y media largas haciendo guiños al público de las primeras filas. Desprendía energía positiva y unas tremendas ganas de agradar, tocando cada tema como si le fuera la vida en ello. A pesar de la edad, que le debe pesar lo suyo, oigan.

A partir de aquí, el show se transformo en un repaso a su carrera, con agradecidas y numerosas versiones de Cream y Dominos, aderezadas con algún adelanto de su nuevo trabajo, Reptile, que sale a la venta en marzo. Alentado por el calor de la gente y muy motivado, el guitarrista puso toda la intensidad en cada punteo, e hizo que se revitalizaran muchas canciones ya machacadas en la memoria.

No faltó ninguna. Eric tocó todo lo esperado (¡mucho más de lo esperado!) y dejo la perla -o coña marinera, según se mire- para los bises, una versión de "Over the Raimbow" ¿vuelta a la infancia? ¿guiño? Pregúntenle a él. Posiblemente no veamos nunca más a este dios pagano por Madrid, puesto que esta -dice, habrá que verlo- será su última gira mundial, pero la despedida les aseguro que ha sido memorable.

Solo dos puntos negros, porque por muchos Claptons, Dylans o Jesulines que nos visiten no dejaremos de vivir en la tierra de la desinformación. Más de una y más de dos reseñas de los conciertos en la prensa nacional nombran como teclista del grupo que le acompañaba al excelso Billy Preston. Craso error, que por otro lado no nos sorprende, visto lo que uno ya ha visto a estas alturas. Aclaremos: el bueno de Preston ha grabado con EC en Reptile, pero no le ha acompañado en la gira. Ay, si estos periodistas de corta y pega prestaran atención a las cosas otro gallo nos cantaría, y no solo a la hora de elaborar críticas musicales... ¡por favor! si hasta el propio Clapton presento a la banda miembro a miembro... En fin.

La otra nota negativa fue el sonido, claro, que les voy a decir. El sonido del concierto en general y de la actuación del telonero en concreto, porque lo que le hicieron a Doyle Brahmhall III (una especie de Gary Moore) no tuvo perdón. Les aseguro que de aquella amalgama sonora solo se distinguían su voz sin ninguna definición y una guitarra de sonido muy sucio. Por más que este que suscribe afinaba el oído, ni escuchaba bajo, ni batería ni teclado, ni coros (que los había, se lo juro; al menos en escena), solo una masa sonora que iba y venia rebotada y reverberada de un lado a otro. Con Clapton la cosa mejoró, pero aun así...

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