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ACERCA DE LA LOCURA
Muchos la han contado, han expuesto historias (reales o imaginarias) que nos han cosquilleado el miedo y han despertado nuestro interés. Incluso algunos se han atrevido a explicarla, como Paulo Cohelo, valga su osadía de ejemplo a no seguir. ¿Cuándo nos relatará su propia experiencia dentro de lo que él define como “decir que una corbata es un trozo de tela que no sirve para nada y que algunos se anudan al cuello”? Esperamos que su padre sea inmortal (pues prometió contárnoslo cuando éste se fuera pal’ otro barrio), que sea ese Dios que su propio hijo se cree para no ser testigos del crimen que supondría la publicación de otro best-seller por parte de este “listillo” y que, como todo best-seller que se precie, no vendría a ser más que papel de water.
¿Un “te quiero pero sé que intentas envenenarme” puede constituir el principio de una locura? Es mi caso, por eso mi respuesta sería afirmativa. Puede ser que sea una loca, aunque los psiquiatras que me tratan me han diagnosticado como a una piscótica delirante (si lo deseas ya puedes dejar de leer este artículo), lo que para mí significa ídem de ídem. Pero no os voy a contar mi historia (al menos no en esta ocasión, ya veremos si me atrevo más adelante). Ahora quiero hablar sobre toda la locura que he visto, ya no la interna de cada “enfermo”, sino la del referente (que sin duda hace que brote mucho más) donde se ven encarcelados cuando la vida les supera al menos tres veces el número de sus zapatos. Imposible andar así pero ¿quién se atreve a hacerlo descalzo? Aun no he visto a nadie. Tal vez el quid de la cuestión esté en los zapatos y no en la mente. Tal vez sean las suelas y no las conexiones neuronales. Tal vez ahora me de por boicotear todas las zapaterías con las que me tope y a convencer a las niñas de los parques de que no sueñen con el zapatito de cristal que Cenicienta perdió. Tal vez se me está empezando a ir la olla. Tu crees que sí, seguro, así que no busques el por qué de las cosas. Ya sabes que ¿de dónde venimos? Del bar de la esquina; que ¿a dónde vamos? Joer, pues a ponernos hasta el culo de más alcohol en otro bar de copas; que ¿quiénes somos? Somos la Mari, el Pitu, la Rosa y el Pelos, ¿quiénes íbamos a ser? Bueno, un momento, que me apago y me vuelvo a encender, a ver si así logro mantener la coherencia de este texto. Lo que quería expresar es la locura que viví fuera de mi propia mente. Fue mucha y variada. El propio diccionario nos dice que la enfermedad es una manera que tiene el cuerpo de rebelarse ante ciertas cosas que no nos gustan. Yo creo que a las enfermedades mentales también se les puede aplicar esta definición; nos rebelamos. La locura es eso, una rebelión. Pero no ante nada que nos esté produciendo mal a nivel físico sino a nivel intelectual o espiritual y así lo manifestamos. Pero, por favor, no nos quedemos en eso de “esta mierda de mundo”, “esta mierda de sociedad” o “esta mierda de razón” que Valérie Valére grita en su obra “Diario de una anoréxica”. Porque eso supone sólo subir un peldaño en el escalafón de la “curación” del “desquite”. Demos también razones y actuemos. O en ese “Yo no estoy loco, sólo es mi forma de pensar” del chico de la habitación 411 que compartía hospital conmigo porque eso es excusarse, dar una explicación lógica a algo que no necesita explicación pues si realmente estuviésemos en un país tolerante, si se aplicara de manera práctica la Constitución y existiera la libertad de pensamiento sin coacciones, esta explicación sobraría y a nadie le encerrarían por pensar diferente, o siendo más acertados simplemente por pensar. Entonces este hecho nos lleva a la conclusión de que en esta sociedad no se puede pensar. ¿Por qué? ¿A quién afectaría esto? ¿Para quién supondría un riesgo? Para los de arriba, claro. Para los que nos engañan y manipulan sin escrúpulos para poder seguir manteniendo sus desorbitados niveles de vida a costa del sufrimiento y el trabajo de unos y la estupidez de otros. Pero ¿quién se da cuenta de eso? Sólo unos pocos locos a los que pillan para que no les estropeen el chollo. Menudo chiringuita más guay que tienen montado. Cojonudo. He de decir que estas palabras, “yo no estoy loco, sólo es mi forma de pensar”, de mi compañero de la 411 le merecieron una semana de cabeceos y silencio. Fue el cóctel molotov de Risperdal, Orfidal, Tranxilium, tal vez Valium y vaya usted a saber que más. Pastis, pastis, pastis. También podemos llegar a la conclusión que llega nuestro “amigo” Jesús Fonseca: “si somos lo que pensamos no somos nada”. Esto por si habéis leído su artículo “Somos lo que pensamos” en el diario (no muy recomendable, por otro lado) La Razón.
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Un loco oficial.
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Y aquella locura del colgante. Aquel que David me regaló y que yo (psicótica delirante en potencia) pensé que estaba envenenado por lo que a su vez se lo regalé a mi compañera Rufina (suicida en potencia) a la que se le ocurrió la interesante idea de intentar ahorcarse con él. La que se lió entonces en la sección de psiquiatría fue de las de no olvidar en mucho tiempo. Pero para alucinante idea la de María, con sus impulsos de grandeza reflejados en el delirio de creer poder llegar a convertirse en la presidenta de España, de organizar una ONG de nombre “Suerte”y con un logotipo que sería un trébol de cuatro hojas (original la cosa) y es que en aquel lugar no sólo había brotes de locura sino también de bondad, de mucha bondad. Bondad inherente al loco pues precisamente se vuelve loco por ver su bondad dañada. María era una bipolar ingeniosa cargada de buenas ideas y de agenditas para apuntarlas. También estaba el chico que decía ser “Chamalú, el indio de las estrellas” y que se pasaba los ratos muertos (que allí en el hospital eran todos) corriendo por los pasillos, dándose palmaditas en la boca y aullando. Los demás nos reíamos porque pensábamos que sólo imitaba a un indio corriente pero no era así, aquel chico nos reconoció una vez totalmente convencido que él era Chamalú el indio que luchaba por la libertad del ser humano y su vuelta a la naturaleza. Entonces no nos decepcionó y todos le admiramos. ¿Desdoblamiento de la personalidad? Para este chico los psiquiatras aun no habían hallado el diagnóstico correcto. ¿Habrán dilucidado ya cuál es?
¿Y aquel otro paciente que estaba tan, tan puesto de pastillas que por las noches se despertaba, cada cinco minutos, con unas taquicardias del copón? ¿Saben qué hacía para paliar esto? Inventarse personajes e interpretarlos. ¡Viva la creatividad!
También me gustaría hablar sobre la locura de los psiquiatras pero eso ya lo hice en “Apología a la Autodestrucción” y no quiero repetirme (de todos modos, peticiones a lorena80@wanadoo.es). Así que, de momento, este artículo queda aquí. Saquen sus propias conclusiones.
Anerol.
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