OLIVER Y BENJI FASHION, por David Kromosomo.

En Kromosomos.com (.net), de nuevo, cual coolhunters de lo risible, nos volvemos a hacer eco de otra moda que inunda nuestras calles.

Desde que hace unas cuantas temporadas la tele –por lo que le convenía- nos dijo que el fútbol, además de español y sagrado, era guay y molaba mazo (la “Liga de las Estrellas”, bla, bla, bla, ya saben) como tontos fuimos y nos lo creímos, aunque partidos malos y empates a cero siguen sucediéndose a patadas. O mejor dicho, a puntapiés.

Tras una crisis económica bien gorda, los peces ídem balompédicos se percataron de que esa pasión que despertaba el deporte rey, capaz de mover masas y matar personas, podía transformarse en pasta, mucha pasta, con la que pegarse la vida padre y de paso, si algo sobra, sanear las maltrechas arcas de los clubes que gestionan.

Para ello sólo era necesario contar con la nada desinteresada colaboración del instrumento catódico de tortura, y un buen diseño de mercadotecnia.

El origen del mal.

Alcohol y camisetas deportivas.

Así, si además de azuzar el furor por los equipos a través de la tele, se levanta un falso star-system (aunque este termino ya es engañoso intrínsecamente) futbolístico, convirtiendo a las estrellas del balón también en astros mediáticos, el público, atrapado por este doble artificio, les iconiza y se identifica con ellos. Qué pena, señores, qué pena.

Y ¿cuál es la imagen de un futbolista? Su camiseta. Si todos quieren ser como Beckham, nada mejor que gastarse 50 euros en una cami con el “23” y su nombre a la espalda, para bajar a comprar el pan, o al estanco embutido en ella.

Ya ven el resultado. Las calles, las oficinas, los bares, llenos de mastuerzos de treinta y cuarenta años con la zamarra de su ídolo, portándola con la misma ilusión y orgullo que un chaval de doce. Si bien, muchos de ellos (y ellas) se han quedado en esa edad mental. Lo del crío es entendible, pero siendo

francos, a nosotros se nos escapa cómo alguien puede admirar a unos tipos que ganan en un día lo que ese alguien en un mes, y sin dar un palo al agua en la mayoría de los casos. Aunque ilusionando a la afición, eh.

Pero al lío, que nos desviamos –como es habitual-. Lo de las camisetas deportivas ha llegado al paroxismo, como ven. Estrambótico resulta observar la espalda de un hombre de pelo cano, ya entrado en carnes y años y embutido como un salchichón en una elástica que reza “9, Kluivert”. Y para rematar, con un botellín en la mano. Pues eso es lo que tengo ahora mismo en la cafetería desde la que les escribo esta pamplina. No, evidentemente, este tipo no es el Kluivert ese, se lo aseguro.

Y además estamos en pleno boom del fenómeno: ya no sólo se llevan las camisetas oficiales de marca -o falsas-, microporosas (e hiper-frágiles; se rompen con extrema facilidad), si no que se sale a la calle con cualquier tipo de uniforme deportivo, aunque sea del equipo de tu barrio, vamos, el que hace un par de años escasos te hubieras puesto para pintar tu casa. Y ahora hasta resulta cool.

El balón de Oli, borracho de goles.

 

Lo más importante es que el dorsal trasero sea bien visible, hasta he visto a alguno que, en un alarde de genialidad, se ha hecho estampar su nombre sobre el número, “DJ Nano” o “Johnny 21 cm”.

Como una nueva tendencia, esta exhibición de elásticas callejera nos traslada y da forma humana a Oliver Aton, Benjamín Price y Mark Lenders, que iban de aquí para allá (al cole, a casa, al baño) con su equipación. Pero la evocación de la serie se limita tan sólo a ese aspecto, no creemos que el forofo hispano uniformado pasee dándole paraditas a un balón como Oliver. Su frase “el balón es mi amigo” en todo caso la cambiaríamos por “la botella es mi amiga”, lema más adecuado a esa filosofía de vida, spanish way of life.

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