EL RUGIDO DEL MIEDO

Luisa, sí, Luisa... ¡Ay, Luisa! Escritora de relatos terroríficos. Anhelabas tanto el éxito como una mística fundir su alma con Dios. A pesar de trabajar para una revistilla de barrio. Patético. A pesar de que su alcance era escaso y su repercusión casi nula. Patético. A pesar de que tu sueldo era tan paupérrimo como un calcetín carcomido por las polillas. A pesar de todo, entusiasmo y esperanza no te faltaban. Sin embargo, te hallabas tan frustrada y atormentada como los protagonistas de tus cuentos.

Siempre a la caza de una original y espléndida idea. Con tu bloc y tu vaso de agua descansando sobre la mesita de noche. Tumbada sobre la cama, entre las tinieblas de tu pensamiento, intentabas hallar la chispa de una buena historia. Las últimas palabras de tu jefe habían sido “esta vez quiero que sea algo verdaderamente inquietante, Luisa. Que nuestros lectores sientan el rugido del miedo en su interior”. Y tú, angustiada, dabas vueltas y más vueltas. El tic-tac de las manecillas de tu reloj, inapreciable durante el día, ahora se hacía dueño del sobrecogedor silencio, convirtiéndose en un murmullo insoportable. “¿Tal vez criaturas indefensas devorados por crueles murciélagos bajo una escalofriante tempestad?, ¿Tal vez castillos tenebrosos habitados por almas malditas?” Pensabas...

Entonces, de pronto, el duendecillo del ingenio te sorprendió con una historia del todo pavorosa. Lo nunca visto. Y, tú, Luisa, tan eufórica como una liebre en Primavera agarraste tu bloc y tu bolígrafo y comenzaste a escribir.

Tus manos, ágiles, frágiles, bailarinas se deslizaron sobre el papel con tanta fuerza como una ventisca arranca las hojas de los árboles, con el ferviente ímpetu de un amor clandestino. Y, en un instante, ¡plof! Ahí estaba. Entre tus manos. Una obra que hasta bajo tu exigente criterio poseía calidad. “Al fin verán de lo que soy capaz”.

Ya te disponías a salir de tu casa. Con la cabeza bien alta y segura, como un militar. Cuando, de repente, aquel extraño ruido. Una especie de maullido. Leve al principio pero que, poco a poco, fue transformándose en un rugido ensordecedor. Se te erizó el vello de los brazos y te llevaste las manos a la boca. Así quedaron desparramadas por el suelo las hojas de tu mejor obra.

Zarpazos exhálitos, Alaridos de bruja ardiendo en una hoguera, gruñidos de perro rabioso, golpes espeluznantes, berridos de psicótico en plena crisis.... La mezcolanza era un terremoto infernal que te reducía a una sumisa geisha. Impotente e indefensa. Volvías a ser la de siempre, mi querida Luisa.

Tras minutos de desesperación, te animaste a mirar por la mirilla. Despacito, de puntillas. Nada. Sin embargo, aquello continuaba rugiendo y lanzándose sobre tu puerta.

- ¡Es un león! ¡Un león que quiere matarme! – Chillaste con una voz histérica y delirante. Con la cara desencajada.

- ¿Por qué? ¿Por qué no me dejas salir? – Te lamentaste, dejándote caer y golpeando el suelo con la fuerza sobrenatural de un poseso, entre los folios descolocados.

- ¡No! ¡No podrás conmigo!

Y entonces, un impetuoso arrebato te impulsó a abrir la puerta. Recorriste cada rincón del rellano. Totalmente vacío. “¡Uf!, Estoy salvada”.... Pero inesperadamente el rugido del miedo volvió a sonar arrojándote escaleras abajo.

Luisa sufrió un fuerte golpe en la cabeza que le provocó la muerte instantánea.

¿El león?... ¿El león? ¿Aquel horrible monstruo que la torturó durante los últimos minutos de su vida? No os preocupéis, aquello igualmente murió con ella.

Anerol.

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